


No doy abasto con vosotros. Tendré que pedir una licencia para colgarme la cámara al cuello e ir en busca de material gráfico con que proveerme de imágenes que tan rápida y sorprendentemente reconocéis. Tal como averiguó nuestro amigo
Kaisher, las anteriores corresponden a
Tallin, la capital de Estonia. Además de la curiosa señal cuyo significado nos explicarán Sandra o Rocío uno de estos días, podíamos ver la catedral de Alexander Nevski, templo ortodoxo diseñado por Preobrazhensky (esto lo aclaro porque es un dato que no se os puede olvidar), en estilo renacentista ruso (un Renacimiento poco frecuentado el ruso, me parece) y una vista de la ciudad con el puerto al fondo y la torre de San Olav como elemento arquitectónico destacable. Tallin es una ciudad muy bella, casi de postal, demasiado perfecta, que fue posesión de alemanes, suecos, daneses y rusos. Quizá por ello se hablaba poco de ella y la hemos descubierto recientemente: es un hecho que se puso de moda en parte gracias a un festival de la canción que en estos últimos tiempos está empeñado en mostrar la horterada y lo kitsch como miembros envidiables de nuestra idiosincrasia. Miren ustedes por dónde, por una vez sirvió de algo.
Ahora que se avecinan días de relajo y lluvia, dicen, os dejo tarea, tres fotos que tenéis arriba. Cuando vuelva quiero los deberes hechos. Se trata de dos lugares muy cercanos, tanto, que son uno prolongación del otro y se nos aparecen inquietantes y sombríos. En el campo, esta vez.